“El niño y los sortilegios”: homenaje a la madre.

El niño y los sortilegios (1925) es considerada la primera ópera compuesta especialmente para niños. Su autor fue Mauricio Ravel, sobre un texto de Colette (Divertimento para mi hija) y coreografía de ballet de George Balanchine.

Concebida como fantasía lírica, se estrenó el 21 de Marzo de 1925 en Montecarlo. Es una obra infrecuente, pues su escenografía tiene ciertas exigencias y su duración (menos de una hora) no es apropiada para el mundo teatral. Le dedicamos nuestra atención por lo que tiene de pequeño homenaje a la figura materna y a la añoranza por ella, lo cual es fácil de percibir si conocemos la génesis de la obra y la peripecia de sus creadores.

La pieza trata de un niño algo caprichoso y desobediente. RavelNo respeta mucho a la madre ni tampoco a las cosas y animales que le rodean. Éstos (reloj, tetera, taza, gatos, ardilla…) reaccionarán mostrando al niño el peligro de quedarse solo si persiste en su carácter. En el final el niño se arrepiente de haber causado dolor y llama a su madre para que le consuele.

El origen de la obra se sitúa en la I Guerra Mundial. Europa vivía tiempos dramáticos y, en respuesta a ellos, el director de la Opera de París –Jacques Rouché- ideó en 1915 estrenar un ballet de hadas. Pretendía además competir con los ballets rusos que Diaghilev estrenaba en el Théâtre de Châtelet. Para el texto pensó en Colette, escritora francesa de gran fama, y dejando que ella misma eligiera al compositor que debiera darle música. Sidonie-Gabrielle Colette escribió el cuento Divertissement pour ma fille en ocho días. La escritora había nacido en París en 1873, y por tanto al tiempo de escribir el relato tenía más de cuarenta años, siendo ya una periodista, guionista y artista muy reconocida, lo que incluye la famosa serie de cuentos de la niña Claudine. Tuvo una infancia feliz y de ella tomó su pseudónimo (llamaba Capitán Colette a su padre). Sus relaciones afectivas, sin embargo, fueron difíciles; de su segundo marido el político y periodista -Henry de Jouvenel- nacerá en 1911 su única hija, a la que llamará Bel-Gazou. Lo cierto es que Colette, en los años de redactar el cuento, sentía gran añoranza de su madre Sido, a la que en otros tiempos rechazara por ser excesivamente autoritaria; la experiencia de Colette en un hospital de heridos de guerra le había hecho comprender además que el amor maternal incondicional podía superar cualquier decepción, cualquier dificultad. Parece que escribió el cuento para su hija pero pensando en su propia madre.

Terminado el libreto, Colette se decidió sin dudarlo por Mauricio Ravel. El músico estaba en el frente. El envío inicial del texto -1916- se perdió; se reenvió en 1917, pero Ravel se sintíadisco niño incapaz de atender el encargo, pues en el año anterior había perdido a su propia madre. Esta experiencia personal, unida al estado emocional que arrastraba por su experiencia en la contienda, eran una losa demasiado pesada para que su creatividad pudiera plantearse cualquier iniciativa ajena a su propia inspiración.

El fin de la guerra coincide prácticamente con la desaparición del otro gran compositor francés, Claude Debussy (1918), lo que propicia un giro en la carrera de Ravel, haciendo a éste madurar en su estilo hasta consolidar en breve tiempo la elegancia y dominio orquestal que le caracterizará ya de por vida. Es entonces cuando podrá acometer la obra de Colette, creando El niño y los sortilegios. En la ópera resultante, una madre apenas visible va a estar sin embargo tan presente como en el relato de Colette, una madre aparentemente censora pero que, en los momentos culminantes, se muestra como la única capaz de recomponer con su amor lo que parece irrecuperable. La obra merece una audición, pero sin caer en la melancolía pues no es eso lo que pretendieron sus creadores.

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