La mula y el buey del Belén

   BelenLa mula y el buey del Portal de Belén son noticia. Eso merece algún comentario, ahora que llegan los Reyes Magos. Lo cierto es que ahora, al ver un Belén en una plaza o en un hogar, lo primero que miramos es si están la mula y el buey o si ambos han sido retirados.

   El punto de partida es el libro del Papa sobre la infancia de Jesús. Indica que la mula y el buey no figuran en los Evangelios como presentes en el Portal.

   Lo primero que hay que saber es que el Belén no es ningún dogma ni contiene doctrina alguna, sino una tradición. La introdujeron San Francisco de Asís y Santa Clara en el siglo XIII, queriendo recordar la parte más humilde del cristianismo, la cercanía a los más débiles, las figuras populares y también los animales. No en vano S. Francisco fue un enamorado de la naturaleza y la pobreza, en contraste con otras desviaciones que él denunciaba. En los cuatro Evangelios canónicos (los reconocidos como vehículo por la Iglesia) no se habla de la mula y el buey, sino tan sólo del pesebre donde fue colocado Jesús. Sí figuran en los textos del profeta Isaías (Is.1.03: «Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo…»), y esta imagen pasó a la iconografía del Nacimiento, pues se interpreta a Jesús como cumplimiento de las profecías (en especial de Isaías).

   Pero el que no aparezcan citados expresamente no lleva a rechazar una tradición de enorme belleza y contenido sentimental. No hay que mirar el Belén como un conjunto fiel a los textos históricos ni siquiera a los religiosos. Ponemos un río aunque en Belén no lo hubiera; o un castillo de Herodes aunque este rey estuviera en Jerusalén, y así con los demás elementos clásicos.

   De igual manera, no debe sorprender el que en otros belenes no existieran desde el principio ni la mula ni el buey. Es el caso del conjunto del Palacio Real en Madrid, o el del Museo de Cerámica de Valencia en el Palacio del Marqués demula buey Dos Aguas. La explicación es otra: pertenecen a los llamados “Belenes napolitanos”. Estos se separan algo del modelo tradicional, pues ponen el acento en otros aspectos. A raíz de la excavaciones en Herculano, junto a Nápoles, impulsadas por el rey Carlos (futuro Carlos III de España), las arquitecturas descubiertas propiciaron un nuevo tipo de Belén decorativo, al tiempo que el rey promovía la fábrica de porcelanas de Capodimonte (a imitación de las sajonas de Meissen) de forma análoga a lo que después se hará en España con la fábrica de porcelanas del Retiro o la fábrica de Alcora en Castellón. El modelo napolitano se centra más en lo arquitectónico incorporando elementos clásicos (arcos, dovelas, fachadas…) y en la laboriosidad y tipismo de los humanos, tan propio de la Ilustración, llegando a reglamentarse hasta la altura que debían tener las figuras (38 cm).

   Así pues, hay muchos tipos de Belenes. Lo único importante y común en ellos es que nos deben recordar que el niño Jesús nació de forma humilde entre los más humildes, y que su finalidad es inspirar nuestra bondad.

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