Niños con Historia: Sabu

Sabu fue un niño actor con una historia peculiar que le sabuhace único en lo suyo. No fue reconocido como buen intérprete, pero no le hacía falta pues, para bien o para mal, le bastaba con “ser Sabú”. De sus películas podía decirse aquello de “Es una película de Sabú”, y ya con eso el público entendía que el film tenía marca propia, algo de lo que muy pocos pueden presumir. En su caso, la marca significaba aventuras y exotismo oriental.

Nacido en Mysore (1924, India) su origen hindú le dotaba de unos caracteres raciales que por sí sólos le hacían idóneo para ciertos papeles, algo parecido a lo que, salvando las distancias, podía ocurrir con otros actores como Sal Mineo, Anthony Quinn, Katy Jurado o incluso, actualmente Antonio Banderas o Jennifer López. Pero él nunca había previsto ser actor. Entonces, ¿cómo llegó Sabú al cine?

Sencillamente, este niño de la India tuvo la suerte –mala o buena- de cruzarse con un genio del cine documental: Robert J.Flaherty. En 1937, Flaherty se interesó por aquél país para filmar Elephant Boy, basada en un relato del cantor del imperio británico, Rudyard Kipling. Flaherty era un cineasta afamado, pues ya en 1922 había rodado el que se considera primer documental de la historia del cine, Nanook el esquimal. El éxito le llevó a nuevas empresas, como la fallida Moana (1926) en Samoa. En la India dio con un diamante en bruto pues Sabú era hijo de un conductor de elefantes, era un niño con simpatía, carisma y, sobre todo, la cámara lo adoraba.

ladrón de BagdadLa etapa de rodajes en Gran Bretaña continuó con dos títulos de leyenda dentro del cine de aventuras que marcaron una época para el gran público: El ladrón de Bagdad (1940) y El Libro de la Selva (1942). Esta segunda tuvo gran éxito, lo que se explica en parte por el importante dúo formado por el director Zoltan Korda y el músico Mikós Rózsa, los cuales ya habían trabajado juntos en otra obra de la épica imperial británica como Las cuatro plumas. El orgullo patrio en un tiempo de guerra mundial, y la gracia de Sabú, convirtieron a éste en un rostro inconfundible como producto de un imperio que había que defender a toda costa, antes contra los rebeldes afganos y entonces contra los alemanes del Tercer Reich.

El propio devenir de esa guerra que sirvió para encumbrar al actor hindú le llevó a Estados Unidos: el riesgo de invasión alemana en Gran Bretaña y las necesidades de Hollywood reclamaron a Sabú al otro lado del Atlántico. El joven no dejó de hacer películas (White Savage en 1943, Cobra Woman en 1944), pero sobre todo quiso demostrar su fidelidad al modelo occidental alistándose en la aviación que libró la Batalla del Pacífico, lo que le valió la Cruz de Vuelo Distinguido.

La estrella de Sabú decayó en Hollywood poco a poco, pero no por los motivos típicos de los niños actores (falta de papeles adecuados, encasillamiento en personajes juveniles, maduración poco fotogénica…), sino por algo mucho más sencillo: los cambios de era. Aunque Sabú intervino en hasta 22 películas, el público ya no vibraba con las historias de occidentales minoritarios que relumbraban en un oriente atrasado. Las experiencias de Hiroshima y Nagasaki, la guerra de Corea y sobre todo la de Vietnam, acabaron provocando un giro de 180 grados en el gusto de los norteamericanos hacia asuntos “imperiales”. La película Soldado azul (1970) y Hair (1979) simbolizan dicha tendencia; los tiempos de Rudyard Kipling habían pasado, y con ellos los de Sabú. Este había vuelto a Europa años antes, ante la falta de papeles en Norteamérica. Acabó en un circo, -como el viejo Buffalo Bill- el Circo Harringay, donde hacía un número de elefantes.

El actor se había casado en 1948 con Marylin Cooper. Tuvo dos hijos, Paul y Jasmine. Esta última continuó la estirpe de su padre como artista con elefantes; de ella nos queda unsabu comentario que hizo sobre Sabú, fallecido repentinamente a los 39 años en 1963. Decía Jasmine que su padre tenía intención de regresar a la India, donde incluso tenía pensado instalar una especie de sucursal Disney. Quizá intentaba recuperar su vida justo en el momento de su infancia en que se encontró con los europeos, posiblemente un tiempo perdido para él, como ocurre a tantos personajes que intentan estar a caballo entre dos mundos y acaban siendo extraños de ambos. En cualquier caso, el mundo entero debe agradecerle haber creado un personaje del cine tan propio, tan intransferible y tan merecedor de la estrella que hoy disfruta en el nº 6251 del Hollywood Boulevard.

1 Estrella2 Estrellas3 Estrellas4 Estrellas5 Estrellas (Sé el primero en votar)
Loading...