Un cuento infantil de Oscar Wilde

   wildeAlgunos de los cuentos infantiles más hermosos se los debemos a Oscar Wilde.

   Este autor irlandés (1854-1900) afincado en Londres desde niño, no fue precisamente un escritor dedicado al mundo de la infancia. Su producción incluye teatro, poesía, artículos y ensayos, una novela y una vida plagada de intervenciones públicas a través de conferencias y revistas hasta el momento de su caída en desgracia, si bien tan ingente obra iba dirigida a un público urbano y sofisticado.

   Mientras la mayoría de los cuentos infantiles suelen contener una carga ética, los textos de Wilde apuestan claramente por la estética. Ambos polos podrían considerarse incompatibles (como diría, entre otros, Kierkegaard) o bien inseparables (como diría, entre otros Aranguren). Sin entrar a resolver este dilema -en el que el propio Wilde devaneó por épocas-, sí podemos afirmar que los cuentos infantiles apoyan su éxito mucho más en la ética o moraleja que en la estética, quizá sea porque los mayores que los cuentan prefieren hablar a los niños de lo bueno antes que de lo bello.

   Al margen de todo lo anterior, hay al menos un relato de Oscar Wilde en el que la belleza y la moral se dan la mano, y por ello vale la pena que los padres lo conozcan para narrarlo a sus hijos. Se trata de El Príncipe Feliz (publicado en 1888).

   Este cuento trata de una golondrina que, en su viaje a zonas cálidas cuando empieza el invierno, se detiene afeliz descansar en el pedestal de la estatua de un príncipe, ricamente cubierta de oro fino, ojos de zafiro y un rubí en el pomo de su espada. Entonces, una lágrima del príncipe cae sobre la golondrina. La estatua le cuenta que, cuando era un príncipe vivo, era feliz pues no conocía la pobreza de la gente que le rodeaba, pero que ahora desde el pedestal se sentía muy triste al contemplar todos los días la miseria de las gentes, sin poder ayudarles por estar inmóvil. La golondrina se ofrece a ayudarle, y él le va dando piezas de su cubierta para repartirla entre los necesitados, lo mismo que el pomo de su espada y las joyas de sus ojos. La golondrina es consciente de que todos esos vuelos la están agotando y le retardan su propia liberación poniéndola en peligro de que el invierno la atrape antes de marchar, pero al final decide premiar la bondad del príncipe despojado y elige ayudarle en su empeño hasta el final quedándose con él, aun sabiendo que eso resultará fatal para ella.

    El cuento, siendo de Wilde, tiene mucho más contenido y belleza que esta breve reseña, pero valga esta muestra para explicar cómo se reúne, en un pequeño relato, la lección de la caridad, la solidaridad y la amistad hasta el final. No está mal para transmitirlo a los más pequeños.

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