Niños y móviles.

movil   Es curioso analizar cómo ciertas noticias parecen ir siempre a contracorriente de las tendencias sociales. Lo hemos visto en las noticias sobre los peligros del tabaco, o sobre los riesgos medioambientales. Otro de estos casos es el del uso de los teléfonos móviles por niños y adolescentes.

   Hace pocos días se hacía público un estudio elaborado en Asturias sobre el uso que los niños hacen del móvil. Afirma que el 69.3% de los niños asturianos de entre 10 y 15 años disponen ya de un teléfono móvil. Añade que el 89.7% había usado Internet en los últimos 3 meses. El análisis venía avalado por el Observatorio Nacional de las Telecomunicaciones y la Sociedad de la Información (Ontsi).

   Evidentemente, ni los estudios que se realizan ni ahora nosotros pretendemos desconocer los beneficios de la tecnología y su carácter imparable. Los tiempos actuales marcan unas exigencias de comunicación que son una gran ayuda cuando se utilizan como una herramienta a nuestro servicio. Pero debe siempre quedar muy claro quién sirve a quién, y ahí está el peligro.

   El uso y abuso de los teléfonos móviles viene siendo objeto, en los últimos años, de multitud de noticias, encuestas y recomendaciones de organismos públicos y privados. Muchos de ellos vienen advirtiéndonos de ciertos peligros relacionados con su uso. Uno sería el referente a la salud física; múltiples referencias advierten del riesgo de cáncer en aquellos usuarios que abusan del teléfono móvil, con incidencia mayor en niños y adolescentes por tener todavía el cerebro más pequeño y menos formado que los adultos, y recomendando el uso de auriculares o altavoces. Otro sería el que advierte del riesgo de adicción no sólo al móvil sino a todos aquellas redes sociales que pueden degenerar en ansiedad y trastornos del sueño y del comportamiento.

   Hoy nos referiremos a otro de los riesgos, -menos grave que los anteriores pero nada despreciable-, que se está apreciando en los sistemas educativos. Según parece, cada vez más educadores perciben una deficiencia notoria en el lenguaje y capacidad expresiva de los jóvenes inmersos en el uso del móvil. No nos referimos sólo al uso de un argot que desplaza a la ortografía académica sino también al ritmo de pensamiento que debe acompañar a la comunicación. La rapidez entre mensaje y respuesta, la interacción entre varios comunicadores, la simplificación que exige el espacio físico de los aparatos… todo ello redunda en una reducción de recursos expresivos, lo que a la larga conduce a una sequía de reflexión. Aquellos niños o jóvenes que más utilizan los móviles y las redes sociales, y aquéllos que disponen de tales aparatos en sus habitaciones, presentan después peores resultados académicos y especialmente en asignaturas como lengua, idiomas, o matemáticas.

   Son muchas las voces que desde el sector público o asociativo advierten de estos abusos. En España existen desde entidades privadas a organismos públicos como son las administraciones autonómicas valenciana o andaluza. En el extranjero ocurre lo mismo, desde países como Chile o Guatemala hasta Estados Unidos o Reino Unido. Algunos recomiendan que se prohíba a los menores el móvil hasta los 12 años. El gobierno británico encargó un informe que recomendaba subir esta edad a los 15 años. Sin embargo, parece que un 75% de los progenitores no son conscientes de estar cometiendo un error; ése es el mayor peligro.

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