La música beneficia a los niños

   niño tocando musica Hasta hace poco, este enunciado se entendía sólo como respuesta a la pregunta “¿Es cierto que la música tranquiliza a los niños?”. Los estudios realizados en salas de maternidad o guarderías han confirmado la idea tradicional: los niños se sienten mejor con música, se duermen mejor, comen mejor. Salvando las distancias, sería algo parecido al famoso “la música amansa a las fieras”.

    Actualmente el beneficio para los niños se analiza también desde la perspectiva del aprendizaje. Pedagogos y pediatras se preguntan: “¿Es aconsejable que los niños aprendan música?”. Ha habido respuestas diferentes. Unos entienden que todo saber es bueno para la formación y puede asegurar el porvenir. Otros piensan que recarga al niño con sobreesfuerzos, le priva de espontaneidad y carece de utilidad futura.

    Es posible que el debate no se resuelva en mucho tiempo. Pero podemos buscar un punto de encuentro mucho más fácil de asumir. Para ello basta con desdramatizar el “aprendizaje” en sí, y poner el acento en el mero “conocer” la música. Si se libera al niño de la carga de tener que “ser el mejor” y de la angustia de rendir cuentas, y se analiza el conocimiento musical como una forma de mejorar al ser humano y no de convertirlo en más útil, estaremos en la línea de las últimas tendencias.

    En Canadá se ha efectuado un estudio comparativo entre dos grupos de niños. Sus edades oscilaban entre los cuatro y seis años, y el experimento ha durado dos. La diferencia consistía en que a los niños de un grupo se les impartió educación musical, y a los del otro no. Los resultados han constatado que los niños del primer grupo presentan sensible superioridad en desarrollo del córtex cerebral, mejor memoria, atención y capacidad de ubicación, mayor coeficiente intelectual y más facilidad para la escritura, lectura y matemáticas.

    Es posible que estos resultados no dependan tanto de la música en sí sino de que el experimento utilizó el llamado “Método Suzuki”. Dicho método fue inventado en los años siguientes a la II Guerra Mundial por Shinichi Suzuki, músico y humanista japonés. En los 60 el sistema se extendió en EEUU, y hoy es seguido en muchas partes del mundo. Pretende recuperar el lado más humano del aprendizaje, haciendo que el niño disfrute la música más como un juego y un lenguaje que como una asignatura. Afirmó Suzuki: «La enseñanza de música no es mi propósito principal. Deseo formar a buenos ciudadanos, seres humanos nobles… El centro es, pues, el niño y no tanto la perfección. Y añade: “Si un niño oye buena música desde el día de su nacimiento, y aprende a tocarla él mismo, desarrolla su sensibilidad, y disciplina y paciencia. Adquiere un corazón hermoso».

    Todo apunta, pues, a que facilitar a un niño el acceso a la música sólo puede traerle beneficios, ya sea para que la escuche, la practique, o para que juegue con ella. Günter Grass nos dejó en “El tambor de hojalata” un vivo ejemplo de un niño de tres años al que regalan un instrumento y lo convierte en su medio de expresión. A veces vemos a un crío acercarse a un piano y aporrearlo encantado de producir sonidos y ritmos mágicos, y llegar enseguida un adulto para reprender al niño, llevándoselo en volandas. Seguramente Suzuki no haría eso.

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