¿Tareas escolares en vacaciones?

   niña trabajandoEl debate ya es un clásico. Llegadas las vacaciones, en muchas familias empiezan a oírse frases como: “Los deberes de verano son para hacerlos” “Empieza pronto que luego se te echará el tiempo encima…”. Las contestaciones de los hijos no se quedan atrás: “Tengo tiempo de sobra” “No sirven para nada” “Dejadme descansar unos días…”.

   La pregunta es: ¿deben los niños hacer tareas escolares en vacaciones? Muchos educadores piensan que el niño debe mantener el tono de esfuerzo durante las vacaciones, y así no interrumpir mucho su aprendizaje. Otros consideran que los menores deben poder disfrutar de un período totalmente libre de exigencias educativas, como premio al esfuerzo del curso.

  Varias décadas atrás esta cuestión no era tan general en los hogares. Muchos jóvenes no accedían al estudio, o si lo hacían carecían de medios, por lo que debían dedicar sus vacaciones a ayudar a la familia en las zonas rurales, en pequeños negocios o directamente en un empleo. La bonanza económica trajo la generalización de la enseñanza y la posibilidad de disfrutar de vacaciones en familia. Fue entonces cuando se planteó la conveniencia de que los niños aprovecharan sus vacaciones, tomándolas como parte de un sistema competitivo en el que no sólo era importante la formación sino el que ésta fuera mejor que la del resto de compañeros. Entendido el aprendizaje de esa manera, es lógico que todo tiempo no dedicado al estudio se considerara “una pérdida de tiempo” y un riesgo de caer en desventaja. Por ello, en vacaciones los niños debían hacer tareas mandadas por el colegio, y si no las mandaban había que aprovechar para aprender idiomas, clases particulares de refuerzo, preparación para el año siguiente, etc.

   Hoy no vamos a resolver el debate, pues éste queda al criterio de cada familia. Pero sí podemos apuntar algunas ideas que en los últimos años se han sumado a la discusión.

   La primera consiste en que los padres deben afrontar este tema pensando sólo en el bien del hijo, y no en la comodidad propia. Muchas veces, bajo la falsa apariencia de preocupación por los menores, se esconde una verdadera incapacidad de convivir con los hijos en vacaciones o en los “tiempos muertos” que deja el sistema. Esto que decimos no es una insensatez, y la prueba está en la época de la pasada Gripe A, en la que muchas familias se encontraron con sus pequeños en casa por la imposibilidad de acudir a los colegios, y no sabían –literalmente hablando- qué hacer con ellos, ni cómo entretenerlos.

   La segunda estriba en que, con las nuevas teorías pedagógicas, se presta mucha atención al estímulo que recibe el menor. El grado de esfuerzo que debe realizar el niño en el aprendizaje es mucho menor si la materia le gusta. Ello tiene dos consecuencias: a) vale la pena usar para el aprendizaje las propias inclinaciones del niño, y b) incluso las materias no apetecidas se pueden aprender mejor si el método es más lúdico que el habitual.

La tercera es más comprometida, y tiene que ver con las teorías sobre el éxito y el liderazgo. Si el aprendizaje tiende a preparar a los hijos para tener una buena ocupación en el mañana,niño habrá que preguntarse qué tipo de ser humano es el llamado a tener éxito en los próximos diez o veinte años. Según parece, el perfil de ejecutivo agresivo, vertical, ultrapreparado y competitivo puede estar dejando paso a un tipo de perfil más humanista, más integrado y horizontal, que busque motivar al grupo más por la empatía que por la presión estresante. Ese modelo está por consagrarse, pero qué duda cabe que, de imponerse, hará que muchos padres se planteen qué conviene más enseñar a sus hijos en el tiempo libre que éstos tengan en vacaciones.

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