El Fuerte Comansi

“Juguete completo, juguete Comansi”. Esta sería una de las diez frases que usaría un español de cierta edad para reconocer a otro en cualquier lugar del mundo. En ese grupo estaría también, sin duda, el “¿Cómo están Ustedes?” de los Payasos de la Tele y algunas más integradas en nuestro consciente colectivo, sea resultado de una estrategia publicitaria o por puro azar.

    Ahora bien, aunque la empresa barcelonesa Comansi cuenta con un amplio surtido de juguetes en sus más de 50 años de trayectoria, es probable que al oir “Comansi” muchos de nosotros, – los que hayan pasado de la treintena y algo más- asocien dicha marca con uno muy específico: el Fuerte.

    El Fuerte Comansi, estrella durante los 70, ha vuelto al mercado. Eso sí, con alguna pequeña novedad como son el empaquetado o su fabricación en España. Podemos preguntarnos: ¿por qué tuvo antaño tanto éxito?, ¿por qué lo añoramos? Creo que hay tres factores que lo pueden explicar.

    El primero sería la heroicidad. Cuando los niños usan juguetes bélicos, creo que más que en lo violento están pensando en lo heroico. De hecho, otros juguetes heroicos no bélicos tienen el mismo éxito entre los más pequeños, como puede ocurrir con juguetes de salvamentos cívicos, de hazañas espaciales… El caso del Fuerte conlleva un factor de refugio contra un exterior hostil al que resistir, que hace que el niño se identifique fácilmente con los defensores. Esto no es sólo propio de los niños, sino que alcanza a los mayores, y de ahí nuestra fascinación por historias de defensa de pequeños reductos como la de los últimos españoles de Filipinas en el destacamento de Baler (1899), los británicos en la estación misionera de Rorke’s Drift en las guerras zulúes (1879) o los estadounidenses en la misión fortificada de El Alamo (1836). Resistencia significa autoafirmación.

    Un segundo factor serían las películas del Oeste. En los años 70, España contaba ya con televisor en la mayoría de hogares, donde se programaban continuamente largometrajes sobre “indios y vaqueros”, que así se decía antes de aprender a decir “western”. Al faltar canales privados, todos los niños veían la misma película. El cine nos introdujo en mil historias de soldados federales, vaqueros con caravanas, indios sigilosos, confederados rebeldes… y aprendimos en las pantallas cómo podía ser un saloon, un calabozo, las maderitas para atar el caballo, la plaza de armas… tener eso mismo en la alfombra de casa era un lujo.

    El cine nos marcó con las historias de los fuertes americanos (olvidábamos que América también era la del Centro y la del Sur). Algunos habían sido reales como Fort LaramieFort Bravo (inicialmente Fort John en 1834 junto al río Laramie, en Wyoming, ruta de Oregón) por el que pasarían los buscadores de oro, hacia las Montañas Negras, donde otro mito como el General Custer, afincado en Fort Lincoln (North Dakota), falleció en la batalla de Little Big-horn en 1877. Otros fueron mero producto de guionistas, como Fort Apache o Fort Bravo, pero no por ello fueron menos grandiosos a nuestros ojos.

    El tercer factor es la nostalgia. El Fuerte Comansi nos recordaba aquella época, en la cual los conflictos todavía se resolvían mirando a la cara al muñeco oponente, que nunca cambiaba de expresión, y se escenificaban peleando sobre la arena junto a la garita del vigilante. Aún no habían llegado los videojuegos de visión nocturna, los misiles teledirigidos, los ordenadores y el control remoto. Eso me hace sospechar que el Fuerte Comansi sea uno de esos juguetes que los padres compran a los hijos confiando que éstos les dejen jugar también.

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