El horrible Blandi-Blub

El título no es ninguna crítica. El Blandi-Blub era horrible para todo el mundo; la única Blandi Blubdiferencia es que los adultos sufrían con ello y los niños lo querían por eso mismo. Y decimos “horrible” por no utilizar otras palabras.

  Decididamente, el Blandi-Blub era la prueba de fuego: ¿consentirían los padres tener una cosa así en casa? ¿valía la pena aguantar su tacto con tal de mostrar fortaleza ante los demás? O incluso ¿era presentable jugar al Blandi-Blub a partir de cierta edad? Los niños sienten una atracción especial por todo lo extravagante, ya sea porque perciben que es una forma de reivindicarse frente a sus padres, ya porque les ayuda a conocer sus propios límites. Pero el invento del que hablamos era algo más que extravagante.

  El Blandi-Blub apareció en España hacia 1978, de la mano de la española Congost vinculada a la estadounidense Mattel. Para quien no lo sepa, era una especie de gelatina verde, viscosa, fría y húmeda. Era maleable como un líquido espeso y de él podían separarse trozos perfectamente reintegrables. Se presentaba en un cubilete que asemejaba un cubo de basura, para reforzar la idea de ser un producto nada grato.

  Entre sus defectos destacaban el que se secaba si no se guardaba bien, y que se manchaba mucho. Por ello apenas duraba unos días –incluso horas- en estado aprovechable, por lo que daba la sensación de ser caro, o mejor un capricho. Además, los diseños sucesivos no hicieron sino reforzar el lado escatológico, añadiendo gusanitos u ojos al producto base.

 Slimer Si alguna virtud le vemos a posteriori, aparte de su extraña genialidad, es la relación de este producto con la ciencia. En efecto, la gelatina del Blandi-Blub es un descubrimiento científico hallado, eso sí, de casualidad por el investigador James Wright en 1943, durante la II Guerra Mundial. Wright, integrado en General Electric, buscaba un compuesto de goma para fabricar botas militares y entre sus experimentos apareció este líquido viscoso. Por fortuna, años más tarde se aplicó para un juguete y no para algo peor. De hecho, las virtudes parecen no agotarse ahí pues hace poco hemos leído en prensa que este producto puede también servir para ciertas terapias con células madre. Incluso puede servir para educar a los más pequeños en los secretos de la ciencia, pues no es difícil fabricar Blandi-Blub en casa, según podemos ver en varias fuentes (que omitiremos por ayudar a los papás).

  Lo que no podemos negar es la espectacularidad del invento. Su tono verde ácido y su “vida propia” Flubberle confieren un poder visual innegable. De hecho, no faltan conexiones del Blandi-Blub con el cine. Desde que apareciera en Estados Unidos en la Navidad de 1976-77 con el nombre de Slime (“mucosidad”), podemos ver su influjo en películas como Los Cazafantasmas (1984). En ella, uno de los espíritus tiene una apariencia muy semejante al Blandi-Blub y, aunque en la película original no tenía nombre, fue bautizado como Slimer cuando pasó a serie de animación. Lo mismo podemos decir de Flubber (1997), en la que un científico despistado descubre un producto de estas mismas características y ello le lleva a graves peligros dado el interés que suscita el invento.

  Algo mágico ha de tener una masa que se mueve bajo sus propias reglas. Eso es lo que, desde otro punto de vista, planteó en el cine de ciencia-ficción la mítica The Blob (La Mancha Voraz, 1958), donde la masa informe es realmente un alienígena peligroso.

  Voraz no lo sabemos, pero como Mancha, al menos, el Blandi–Blub quedó marginado de nuestros hogares, de modo que ahora es sólo un recuerdo divertido.

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