La bicicleta, la avena, Napoleón y el volcán Tambora

 LA BICICLETA, LA AVENA, NAPOLEON Y EL VOLCAN TAMBORA.   

   ¿Cuál es la relación entre la bicicleta y la avena? ¿Y de éstas con la campaña de Napoleón contra Rusia, o con la explosión del volcán Tambora en la otra punta del mundo?

   La bicicleta tiene antecedentes en las antiguas civilizaciones de China, Egipto e India. Ya en Occidente, encontramos un diseño de Leonardo Da Vinci en el “Codex Atlánticus”. La máquina evolucionó lentamente, hasta formar una gama de modelos que van del recreo a la alta competición, pasando por la salud.

    Pero hay momentos en los que un juego se hace mayor de edad, y eso suele ocurrir cuando se muestra útil. A la bicicleta  le sucedió en 1816. Karl Friedrich Christian Ludwig Freiherr Drais von Sauerbronn fue un señor nacido en Karlsruhe (Alemania) en 1785, hijo de un juez, estudiante de arquitectura, agricultura y física, con vocación de inventor. Ideó una máquina para las teclas del piano, y otras para escribir. Hacia 1816 inventó la “DRAISINA”, un modelo de bicicleta sin pedales pero suficiente como avance.

   Este invento vino a resolver un problema: lo caro que se había vuelto el transporte a caballo. Efectivamente, el uso del caballo se había encarecido desmesuradamente por los altos precios de su alimento, la avena. Ello tenía una causa principal: las campañas napoleónicas exigían desplazar ejércitos a lugares cada vez más lejanos y de forma rápida. Los objetivos militares ya no estaban a cientos sino a miles de kilómetros de París, y el caso de Rusia (1812) es el ejemplo más claro. La avena se agotaba con tanto consumo, y la demanda no decrecía. Ello hizo pensar en la necesidad de encontrar una alternativa a la tracción animal.

    Pero aún faltaba el “Tambora”. Las guerras napoleónicas terminaron en 1815, y parecía que el precio de la avena tendría un respiro. Sin embargo, algo había ocurrido en la otra cara del mundo, en Indonesia, entre el 5 y el 15 de Abril. El volcán gigante Tambora, situado en la Isla Sumbawa, estalló de una forma apocalíptica. Con un cráter de 8 km. de diámetro, y una altitud de 2.850 m., llenó medio planeta de cenizas ocultando el sol durante dos días. Los 500.000 km2 inmediatos se cubrieron con 3 m. de polvo. El ruido se oyó a 4.800 km. de distancia, y a Europa llegaron los restos transportados por el Monzón. Media Europa y Media América quedaron oscurecidos durante un tiempo y la falta de luz arruinó las cosechas de 1816, en lo que fue llamado “el año sin verano”. Las salidas y puestas de sol se hicieron espectaculares por sus tonos amarillos, anaranjados y púrpura, lo que inspiró a artistas como Turner, cuyos tonos cálidos para el cielo no son casuales.

  El revuelo climático, pues, causó graves consecuencias. En Nueva Inglaterra el precio de la avena se multiplicó por ocho. Definitivamente se imponía buscar un sustituto al caballo como medio de locomoción. La bicicleta (entonces aún llamada “DRAISINA”) estaba ahí para ocupar su lugar.

 

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