Lactancia materna: la polémica continúa.

   “¿Eres lo suficientemente madre?”. Con esta pregunta, en letra roja de gran formato, ilustraba su portada la revista TIME de 21 de Mayo pasado. Acompañaba al titular una fotografía de dudoso gusto representando una madre con un hijo lactante de cuatro años.

   Esta portada es un eslabón más en dos debates que duran décadas. El primero de ellos se plantea qué responsabilidad ética tienen los medios de comunicación al tratar –textual y gráficamente- los temas relativos a menores e intimidad familiar. En ese debate no entraremos hoy.

   El segundo debate es el que la revista manifiesta querer abordar: ¿Existe un límite temporal para la lactancia materna? Aunque a primera vista el asunto parece ser sólo una cuestión médica reservada a los pediatras, lo cierto es que tiene un trasfondo sociológico e incluso político. En efecto, nadie duda de que en cualquier discusión sobre la duración de la lactancia acabarán apareciendo temas tales como la incorporación de la mujer al mundo laboral, las custodias compartidas, el compromiso del padre en el cuidado de los hijos, la segmentación de la jornada laboral, las ayudas públicas a las familias, los permisos de maternidad y paternidad, las causas de extinción de un contrato de trabajo y un largo etcétera.

   Este debate político se había convertido en las últimas décadas en el principal por encima de las cuestiones puramente sanitarias, que se daban por zanjadas. Parecía que las energías que la sociedad (y las mujeres principalmente) debían dedicar a la implantación de la igualdad de la mujer, exigían a ésta asumir como presupuesto que la lactancia no debía ser un obstáculo a esa lucha por la igualdad. Por esa razón se asumía la conveniencia de una lactancia corta, o incluso inexistente (a base de biberones y otros sustitutivos que no exigían la participación física de la madre).

   En la actualidad, el planteamiento se ha enriquecido por una cierta mirada hacia atrás. Surgen iniciativas que reivindican la lactancia materna prolongada, la consideran perfectamentelactancia integrable en un modelo socioeconómico sostenible y predican sus beneficios tanto físicos (refuerzo contra la diabetes, adquisición de anticuerpos, regularización del sueño…) como emocionales (estabilidad, autoestima…). Son los defensores de la llamada “crianza con apego”. En España existen pediatras que la preconizan con énfasis, como es el caso del cada vez más afamado Carlos González. Hay agrupaciones como la Associació Balear d´Alletament Matern, que aconsejan que la lactancia se mantenga hasta los siete años. La Asociación Mametes i més, afincada en la Comunidad Valenciana, pone el acento en todos los aspectos sentimentales que se refuerzan en la relación madre-bebé, y realiza importantes campañas para la difusión de estas ideas. Hasta los tribunales acogen ya estas posiciones, como ha ocurrido recientemente con una sentencia del Tribunal Supremo que protegió la situación de una azafata que consideraba que efectuar la lactancia en su espacio ordinario de trabajo implicaba un riesgo inasumible.

   Los opositores, por el contrario, señalan que la leche materna pierde sus propiedades a partir del sexto mes, y que el bebé ya ha adquirido para entonces los anticuerpos que necesita. Entienden además que puede hacer débiles a los niños por sobreprotección.

   Quizá la solución esté en un punto de equilibrio, pues ambas posiciones tienen matices interesantes. La OMS (Organización Mundial de la Salud) ha adoptado unos criterios que pueden considerarse como mínimos generalizables. En su página web nos aporta algunos datos: la lactancia es recomendable al menos durante los primeros seis meses de vida; debe comenzar desde la primera hora de vida, cuando el bebé la pida; han de evitarse en lo posible chupetes y biberones; aporta nutrientes y anticuerpos; protege de la diarrea y la neumonía; es fácil de conseguir; protege a la madre de nuevos embarazos, y reduce el cáncer de mama y de ovarios así como la obesidad; ayuda al niño a tener índices bajos de tensión arterial, peso, colesterol y diabetes tipo 2, le hace más inteligente y le evita los peligros de los alimentos preparados con aguas insalubres.

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