La Bella y la Bestia y Luisita de Cádiz

  bellaLos cuentos infantiles suelen contener un trasfondo moral. Lo curioso es cuando ese trasfondo parece llegar más lejos aún que el propio cuento. Con La Bella y la Bestia tenemos un ejemplo.

   El cuento es mundialmente conocido, especialmente gracias a la versión de Disney de 1991. La película es, merecidamente, una de las favoritas de los niños: ha pasado al musical y a versiones televisivas; recibió los Oscar a la mejor canción original y a la mejor banda sonora y hasta fue nominada como mejor película. No obstante, parte de este éxito se debe a incorporaciones extrañas al cuento (como los objetos animados o el personaje Gastón) y otras licencias.

  El relato de La Bella y la Bestia hunde su raíz en narraciones antiguas. Se cita la historia de Cupido y Psique, de origen griego y recogida en El Asno de Oro, de Apuleyo, poniendo el énfasis en los aspectos más maravillosos. Más tarde se integra este material entre los cuentos de hadas de la mano de autores como Basile, Straparola, Perrault o Madame D´Aulnoy, o ya con la versión monumental de Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve, de 1740, con un texto extensísimo que dedica gran parte a antecedentes familiares de los personajes y a otros elementos ajenos a lo dramático o moral.

  Será en 1756 cuando aparezca la versión Beaumontque hoy consideramos definitiva de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont. Esta autora da a la historia un giro acorde con su siglo, huyendo de lo sobrenatural y buscando ante todo la sencillez de las lecciones evidentes, la moral de los buenos sentimientos emergentes del puro estado natural, moral que Rousseau considera existente en todo ser humano en su estado primigenio. Beaumont (1711-1780) fue una mujer dedicada en cuerpo y alma a la educación infantil. Además de ser madre de seis hijos fue institutriz, profesora de música, fundó en Londres una escuela para niños y un periódico para jóvenes. Escribió multitud de libros, especialmente de cuentos como El almacén de los niños (donde apareció La Bella y la Bestia), El almacén de las niñas adolescentes… Contaba sus historias de una forma amena y natural, divertida, haciéndolas amables para que su contenido moral se deslizara entre el relato y llegara más fácilmente. Ello la hizo favorita entre muchos educadores y otorgó a sus libros gran éxito.

  Lo curioso del éxito de Beaumont es que fue más lejos en unos aspectos que en otros. El momento histórico que acompañó a la difusión de sus libros, ya en la primera mitad del siglo XIX, fue el de la Europa de la Restauración Monárquica post-napoleónica y del auge del capitalismo burgués. Ello significó que el acento de los cuentos debía ponerse tan sólo en la moraleja de la conducta, pero sin profundizar en los fundamentos sociopolíticos (revolucionarios) que subyacían.

  Así pasó en España. Los cuentos morales de Beaumont fueron recibidos con entusiasmo por los educadores si bien, curiosamente, esos mismos educadores repudiaban el trasfondo ideológico que los había inspirado. Ejemplo de ello es el Católica infancia, o Luisita de Cádiz, escrito en 1843 por el Obispo de Plasencia Don Cipriano Sánchez Varela (1776-1848). El libro cita expresamente la obra de Beaumont, recomendándola para ser contada a las niñas por su tono amable y por la bondadosa conducta que inspiraba. Dice Don Cipriano sobre las Observaciones familiares de “madama Beaumont… Este le ha de leer V. mucho a las muchachas de Puerto Real, cuando vaya allá con sus padres la primavera…. Supo mezclar la autora cuanto cabe, lo útil con lo dulce, para toda clase de personas”. Sin embargo, del Emilio de Rousseau dice que “ese libro es muy malo; está lleno de falsos y perversos principios…”

  No debemos tampoco ser duros con la excesiva prudencia del obispo, pues también él era hijo de su tiempo. Nombrado en 1826 obispo de Plasencia, tuvo que dedicar parte de su atención a la educación infantil. El obispado se ocupaba hasta entonces de la Casa Cuna y del Hospicio locales, pero en el año citado el Hospicio pasó a depender de la autoridad civil. El obispo, pensando que iba a perder el contacto directo con los niños mayores, se preocupó de escribir libros donde seguir aportándoles sus enseñanzas, -eso sí, en la línea conservadora de su tiempo-.

  Ya en el siglo XX, La Bella y la Bestia es bellaante todo un concepto, puramente humano. Retomado en diversas historias como las de King Kong, El Hombre Elefante o Shrek, aparte de la de Disney, es sencillamente un canto a la dignidad personal como algo mucho más valioso que la apariencia física, al margen de doctrinas políticas, religiosas o sociales. Si nos quedamos con eso, podemos darnos por contentos.

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