Del Juego al Juguete

   Podemos imaginar a Indiana Jones buscando unas ruinas o un tesoro, pero no un juguete antiguo. ¿Por qué? Pues por la sencilla razón de que estaban diseñados para durar poco. La mayoría de objetos de uso cotidiano se han realizado siempre con elementos débiles o perecederos, tales como el barro o la madera.

   Muchos investigadores, y también el gran público, muestran sorpresa cuando en una excavación se descubre algún juguete antiguo, como si los niños de hace dos mil o cinco mil años no fueran igual de juguetones que los de ahora. En las revistas especializadas hemos visto diversos ejemplos de estos hallazgos. Así, en las ruinas de Stonhenge apareció lo que parece ser un erizo de juguete fabricado en piedra. El British Museum guarda el llamado Juego Real de Ur, considerado por muchos como el juego de mesa más antiguo de la historia con unos 4.500 años de antigüedad. En Turquía, Museo de Mardín, puede verse un carro de juguete de 7.500 años, o silbatos de 6.000. En España, el Museo de Arqueología de Tarragona exhibe una muñeca articulada de tiempos de los romanos, y en otros lugares como Ontur (Albacete) se han encontrado objetos semejantes. Hasta se han hallado arcos de juguete en yacimientos prehistóricos.

   A poco que indaguemos, comprobamos que los juguetes han acompañado siempre a los niños, y no sólo eso: durante miles de años variaron muy poco. Hasta la llegada del plástico, laniños playa electrónica y la cibernética, los más pequeños han conocido desde siempre las muñecas, la pelota, el yoyó, la peonza, las tabas…, y así se aprecia en todas las culturas, desde Grecia, Roma y Egipto hasta Filipinas, América o el Polo Norte. Por tanto, la sorpresa ante la aparición de un juguete antiguo no se debe al hecho de comprobar que los niños jugaban con objetos desde la Edad de Piedra, sino al de que tales objetos “rompibles” hayan sobrevivido hasta hoy.

   Esta reflexión quedaría incompleta si no fuéramos aún un poco más atrás. De lo dicho hasta ahora parece que los niños han tenido juguetes desde que se forma la civilización humana, pero es que es más complejo: los juguetes existen desde antes del hombre. En efecto, el juego no es un patrimonio exclusivo del ser humano, sino que en etapas evolutivas anteriores también se aprecia su existencia.

   Biólogos y antropólogos tienen aceptado desde hace tiempo que los animales juegan y que tienen sentido del humor. Este aspecto lúdico no va ligado a la supervivencia o al instinto, como creemos de todo lo referente a los animales, sino que muchas veces es aprendido, gratuito, creativo, y no sólo se aprecia en homínidos u otros mamíferos sino en categorías animales diferentes. Encontramos urracas que imitan a su dueña para hacer creer a las gallinas que es la hora de comer; gatos que juegan a darnos un susto; loros que juegan a llamar a los perros y luego les dicen que se vayan… Algunos estudiosos como el profesor Jaak Panksepp (Ohio, EEUU) afirman que la capacidad de la risa se apoya en circuitos neurológicos radicados en zonas cerebrales cuyo sustrato es común con muchos animales. Gordon Burghardt nos explica esa capacidad definiendo el juego como un comportamiento repetido voluntario no necesariamente funcional que se inicia en momentos de relajación, siendo esto predicable tanto de humanos como de animales.

   La pregunta decisiva es la de si el animal, que tiene un claro sentido del juego, lo tiene también del “juguete”. La respuesta debe ser afirmativa pues, aunque no sea algo tan habitual de apreciar, sabemos que muchos animales usan herramientas y el juguete, al fin y al cabo, es una más. Existen iguanas, focas o delfines que juegan con balones; monos que juegan a ofrecer a otros objetos y retirarlos bruscamente, o a simular que se tragan cosas; nutrias que se lanzan por toboganes y lobos marinos que juegan con estrellas de mar. Todo un mundo por explorar.

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